miércoles, noviembre 23, 2016

Leyendo a los estudiantes de escritura creativa

En estas últimas semanas del semestre universitario los profesores leemos trabajos finales. Eso le sucede a todos los docentes, los de biología, ingeniería, medicina, a cualquiera. Y también a los que trabajamos en la Maestría en escrituras creativas de la Universidad Nacional y en la Maestría en creación narrativa de la Universidad Central de Bogotá.

Este ejercicio de lectura a veces es difícil por la escasa formación en escritura de los estudiantes colombianos. Por eso, la gran diferencia para los que acompañamos los procesos de aprendizaje en escritura creativa sea que leemos textos menos áridos que aquellos que les toca leer a los colegas que trabajan en otras áreas. Y lo digo con conocimiento de causa ya que veo a mi compañera de vida, profesora de historia en una licenciatura universitaria, leyendo, hasta altas horas de la noche, ensayos y controles de lectura redactados con escasa virtud.

Los trabajos de nuestros estudiantes de escrituras creativas por lo menos se dejan leer, algunos son francamente entretenidos y de vez en cuando aparece un texto excepcional.

Sin embargo, hace poco leí un artículo en la revista El cultural, de España, en el cual su autor (no recuerdo su nombre, pero se puede poner el de cualquiera de los muchos detractores) aseguraba con gran conocimiento y profesionalismo que los talleres y estudios de escritura creativa no sirven para nada. Que a lo sumo pueden producir novelas más o menos correctas en su escritura, pero nada más. Que él no malgastaría su tiempo leyendo un texto tan aburrido.


Este discurso contra los talleres y cursos universitarios en escritura creativa, no es nuevo, todo lo contrario, lo escucho y lo leo desde hace años. Casi siempre proviene de escritores más o menos conservadores que defienden la espontaneidad de la escritura y el valor del talento nato. 

Pues bien, en medio de mi actividad lectora de final de semestre tuve que leer una novela con la cual uno de nuestros estudiantes va a graduarse. Es una novela distópica ambientada en un mundo y una Bogotá interconectada en la que el poder se ha apropiado de la vida personal de los ciudadanos. Tema frecuentemente tocado por el cine y la literatura contemporánea. Sin embargo encontré aquí un tratamiento personal sorprendente, vigoroso, raro, incluso en las colecciones editoriales que publican este tipo de narrativa. 
En pocas palabras pese a ser una obligación académica, la novela me proporcionó aquello que esperamos de cualquier libro. Que nos sorprenda, nos entretenga y nos abra puertas a un mundo que no conocíamos. Un tiempo bien empleado que sorprendería a nuestro olvidable autor español enemigo de estos textos creados al amparo de los estudios universitarios de escritura creativa.

martes, noviembre 22, 2016

Leonard Cohen, 1934-∞



Suzanne

Suzanne takes you down to her place near the river

You can hear the boats go by, you can spend the night forever
And you know that she's half-crazy but that's why you want to be there
And she feeds you tea and oranges that come all the way from China
And just when you mean to tell her that you have no love to give her
Then he gets you on her wavelength
And she lets the river answer that you've always been her lover 
And you want to travel with her, and you want to travel blind
And you know that she will trust you
For you've touched her perfect body with your mind 
And Jesus was a sailor when he walked upon the water
And he spent a long time watching from his lonely wooden tower
And when he knew for certain only drowning men could see him
He said all men will be sailors then until the sea shall free them
But he himself was broken, long before the sky would open
Forsaken, almost human, he sank beneath your wisdom like a stone 
And you want to travel with him, and you want to travel blind
And you think you maybe you'll trust him
For he's touched your perfect body with her mind 
Now, Suzanne takes your hand and she leads you to the river
She's wearing rags and feathers from Salvation Army counters
And the sun pours down like honey on our lady of the harbor
And she shows you where to look among the garbage and the flowers
There are heroes in the seaweed, there are children in the morning
They are leaning out for love and they wil lean that way forever
While Suzanne holds her mirror 
And you want to travel with her, and you want to travel blind
And you know that you can trust her
For she's touched your perfect body with her mind


Suzanne


Suzanne te lleva abajo hacia su lugar cerca del río

Puedes oir las barcas pasar, puedes pasar la noche junto a ella
Y sabes que está medio loca pero por eso mismo quieres estar allá
Y te alimenta con té y naranjas que vinieron de la China
Y justo cuando tratas de decirle que no tienes amor para darle
Te introduce en su onda
Y deja que el río conteste que siempre has sido su amante
Y quieres viajar con ella, y quieres viajar a ciegas
Y sabes que ella confiará en tí
Porque tu has ha tocado su cuerpo perfecto con tu pensamiento
Y Jesus era un navegante cuando caminó sobre las aguas
Y pasó largo tiempo observando desde su solitaria torre de madera
Y cuando supo con certeza que solo los que se ahogaban podían verle
Dijo todos los hombres serán navegantes hasta que el mar los libere
Pero él mismo estaba roto, mucho antes de que el cielo se abriera
Rendido, casi humano, se hundió entre tu sabiduria como una piedra
Y quieres viajar con él, y quieres viajar a ciegas
Y crees que quizá podrás confiar en él
Porque él ha tocado tu cuerpo perfecto con su pensamiento
Ahora Suzanne te toma de la mano y te conduce hacia el río
Lleva puesto trapos y plumas de los mostradores del Ejercito de Salvacion
Y el sol se pone como miel sobre nuestra dama del puerto
Y te muestra dónde mirar entre la basura y las flores
Hay héroes entre las algas, hay niños en la mañana
Ellos tienden hacia el amor y lo harán así por siempre
Mientras Suzanne sostenga el espejo.
Y quieres viajar con ella, y quieres viajar a ciegas
Y sabes que puedes confiar en ella
Porque ella ha tocado tu cuerpo perfecto con su pensamiento

 

viernes, julio 29, 2016

Una nueva colección de mis cuentos


La editorial EAFIT, en su nueva colección Debajo de las estrellas, grandes cuentistas, dirigida por Juan Diego Mejía, acaba de publicar esta antología de mis cuentos. Se incluyen en ella algunos de los títulos publicados en dos colecciones anteriores, junto con cuentos inéditos y viñetas escritas para esta ocasión. Es una edición concebida de tal forma que permite leer los cuentos con otra mirada, como si fuera una publicación completamente nueva. O, por lo menos, eso es lo que siento.

Incluyo el texto para la contraportada escrito por el director de la colección.


                                                                                                             RRV




   
"Sonido de fierros que chocan unos contra otros. Olor a pólvora que viaja en el viento. Hombres cansados de la guerra, ansiosos de besos, extraños entre extraños. Y en medio de ellos, el famoso periodista/detective Juan Ramón Galves con sus recuerdos de tiempos de heroísmo.

Los cuentos de Roberto Rubiano Vargas siempre son un atractivo para los lectores formados en la gran narrativa latinoamericana. En estos relatos se siente la mano certera del narrador que conoce la herencia literaria de los clásicos y el ojo del autor que observa a sus contemporáneos. Quien cuenta estas historias de ejércitos asesinos es el mismo que una vez escribió Necesitaba una historia de amor. Es también el mismo adolescente de Gentecita del montón. Se trata del mismo Roberto Rubiano Vargas que ha construido un nombre de cuentista que ya merece estar bajo la luz que emiten las estrellas del género."

Juan Diego Mejía


Patti Smith la imagen perturbadora del rock

Foto de Judy Lynn 
Hace poco tiempo, mientras veía el programa Late with Joos Holland, producción de BBC que retrasmite HBO, vi la actuación de Patti Smith. La vieja y flaca rockera de los setenta que seguía tan agil y vibrante como siempre, escupiendo en el piso del encerado estudio de la BBC y pateando un amplificador al terminar su interpretación. Patti Smith pasó a la historia del Rock practicamente por un solo disco: Wild Horses (ya comentado en este Blog), pero grabó muchos, escribió muchos versos, fue la musa del fotógrafo Robert Mapplethorpe y el motivo del objetivo de la fotógrafa Judy Lynn que la siguió durante varios años. En 2011, gracias a esas muchas tiras de negativo surgió un libro (Patti Smith, 1969-1976) que asediaba a este rostro icónico de la cultura norteamericana en general y del rock en particular.
Foto de Judy Lynn 

Pero son muchos los espacios que ha ocupado la imagen de Patty Smith. El año pasado, en una exposición titulada American cool, en la que se exponían cien rostros de la cultura norteamericana, estaba ella junto al inevitable Johnny Deep, Madonna, Bob Dylan, Ernest Hemingway, Fred Astaire y otros noventa y cuatro personajes.

Los criterios que le permitían a una persona ganar ese extraño privilegio de estar en la mente de la cultura norteamericana, además de aparecer en una buena fotografía estaban: "haber sido guiados por su visión original sobre el arte y estilo, ser parte de alguna rebelión cultural o haber transgredido en algún hito de la historia, tener un legado conocido y finalmente ser reconocido fácilmente". Criterios que Patti Smith cumple con sobrados méritos.
 
Foto de Judy Lynn 




Patty Smith sigue dando conciertos, pero también ha devenido en una importante escritora que nos recuerda que ese era su oficio original cuando aterrizó en la escena cultural neoyorkina apadrinada por Andy Warhol. Dos libros suyos, Just Kids de 2010 en el cual narra sus primeros años en la escena cultural neoyorkina daba cuenta de su relación con el fotógrafo Robert Mapplethorpe autor de la icónica fotografía de la portada de Wild Horses. Más recientemente, otro libro suyo, M Train continuaba la saga de sus aventuras vitales. 
Con Robert Mapplethorpe

Toda esta actividad y su evidente matrimonio con la fotografía la han consagrado para la posteridad. En ese mundo digital poblado de selfies y vanidades rotas que es Instagram, Facebook y demás nichos de las redes sociales, la imagen perturbadora de Patty Smith es algo más que un gesto contra la banalidad. Es un retrato bandera de una generación, de una actitud que está más allá de su relación con el Punk o con el Rock o con Robert Mapplethorpe. Es uno de los rostros de la cultura Pop que identifican y definen este movimiento cultural de finales del siglo XX. 
Foto de Robert Mapplethorpe
 


lunes, febrero 22, 2016

Vanidad

En su conocido ensayo Los negroides, Fernando González, el filósofo de Otraparte, el pensador de Envigado, decía la "Vanidad es la ausencia de motivos íntimos, propios, y la hipertrofia del deseo de ser considerado". Más adelante subrayaba "La vanidad está en razón inversa de la personalidad. Por eso, a medida que uno medita, que uno se cultiva, disminuye".

Estas ideas de Fernando González me llevaron a pensar en esas personalidades insufribles, pagadas de sí mismas, agotadoras en su narcisimo y a plantearme una pregunta obvia ¿Los escritores somos vanidosos? ¿No es esa una acusación recurrente al gremio?

Tal vez, pero...

Los escritores son seres con un ego enorme, un ego incluyente que los lleva a querer compartir sus experiencias con los demás. Pero ese ego no necesariamente es vanidad. El sociópata (el asesino, por ejemplo) también tiene un ego enorme, pero es un ego excluyente que antepone sus privilegios y su visión personal a la de todos los demás, no comparte, impone. El sociópata es vanidoso por principio y probablemente dueño de un ego muy pobre.

Entre mis estudiantes de escritura creativa abundan los grandes egos, como es natural. Y a veces, afortunadamente pocas veces, aparece algún vanidoso. Se destaca. En medio de todos esos egos reunidos dispuestos a progresar un poco en su afán de compartir el mundo, aparece un vanidoso o vanidosa, que todavía no se ha cultivado, como diría Fernando González; cuya personalidad no ha crecido y por eso sufre de "la hipertrofia del deseo de ser considerado". Es de esos escritores que no soportan que les señalen sus errores. Que consideran que su estilo es el cúmulo de prejuicios y de errores que sustentan su escritura. Normalmente este rechazo a la corrección les impide avanzar, crecer, encontrar su voz. Creen que ya la tienen.

Por eso creo que los escritores que profundizan en su obra, que encuentran el camino de su realización vocacional, tienen un ego enorme pero no son necesariamente vanidosos. Y también creo que la calidad de un escritor se mide en su capacidad para aceptar la crítica de sus correctores, de sus editores, y sobre todo, de sus lectores.

miércoles, septiembre 30, 2015

La felicidad de Guillermo Martínez

No todos los días tiene uno la suerte de leer un libro de cuentos "sabroso", que sabe bien, que tiene texturas, humor y que nos sostiene el alma hasta el final, como Una felicidad repulsiva, de Guillermo Martínez. El escritor de Bahía Blanca, Argentina, que ganó el Premio Latinoamericano de Cuento Gabriel García Márquez.

Tuve la suerte de conocer a Guillermo durante la reciente Fiesta del Libro de Medellín. Durante la charla pública en la que compartimos junto con Elkin Restrepo y Julio César Londoño sobre el cuento contemporáneo, pudimos conocer algunos secretos sobre la confección de su libro, Una felicidad repulsiva, y algunas creencias sobre su manera de concebir el cuento y la novela.
Guillermo Martínez y su libro de cuentos

En general me quedó la sensación de que Guillermo Martínez es un autor concentrado en su obra, la cual debe mucho a su padre también escritor, y al hecho de haber dedicado gran parte de su vida al estudio de las ciencias y la matemática. Ya había leído hace unos años su novela Crímenes imperceptibles de la cual Alex de la Iglesia hizo la película Los crímenes de Oxford. También había leido otra novela suya, La muerte lenta de Luciana B. pero nunca había frecuentado sus cuentos, experiencia muy recomendable.

Los cuentos que integran Una felicidad repulsiva, tienen una cierta variedad de registros, prima el humor, la perplejidad y en algunos casos la solución más o menos fantástica. Hay cuentos muy breves, otros de extención media habitual a cualquier cuento, y un cuento largo que su autor prefiere denominar nouvelle, pero que pese a su extensión no deja de ser un cuento.

Hay guiños a la solución fantástica en algunos de los cuentos, pero como lo señala su autor, en algunos casos, como en el cuento Una felicidad repulsiva, la solución fantástica queda en manos del lector que puede leerlos de esa manera o con la posibilidad de la interpretación realista. Otros, como el largo cuento final Una madre protectora o Un gato muerto, bordean los límites del cuento de terror, pero la intención del autor es indagar en la realidad de sus personajes, exponer sus pasiones, la profundidad de su espíritu, más que hacer juegos narrativos. Son cuentos de índole realista pero su autor acude a un gran arsenal de recursos al contarlos.

Mención aparte son los datos autobiográficos que se entreveran en los argumentos. La presencia de su padre, su experiencia como profesor de ciencias exactas, su pasado como estudiante en Inglaterra, etc.

El resultado final de este conjunto es sorprendente. Resulta raro leer un libro de cuentos tan parejo en su calidad, tan amplio en sus registros y argumentos, tan completo en sus resultados. No resulta extraño que haya ganado un premio muy competido, que parece en camino de convertirse en el galardón más importante que se entrega en América Latina a los autores de cuentos.

martes, septiembre 22, 2015

El horizonte luminoso es una línea imaginaria

 Por Roberto Aguilar

Roberto Aguilar es un lúcido periodista ecuatoriano. Mantiene el blog Estado de propaganda donde analiza los medios y el lenguaje del poder en Ecuador. Sus comentarios y algunos de sus tuits, fueron utilizados por la Secom, oscura oficina de censura de prensa del Régimen para silenciar y disolver a la ONG Fundamedios, donde Roberto colabora. Además, la Secom ha tramitado un llamado de "confesión judicial" a Roberto, embeleco jurídico que en palabras simples se traduce en un vulgar juicio por delitos de opinión. El razonamiento de estos censores es impecable: Aguilar nos acusa de perseguir a los periodistas, lo cual consideramos una calumnia, entonces como respuesta a la acusación perseguirmos al periodista que hace la denuncia.

La siguiente y muy reciente columna de Roberto ilustra el inane discurso del poder en Ecuador. Lo que en Argentina el Kirchnerismo llama "El relato". Las palabras del poder.

El Ecuador no es una democracia. Lo será un día. El correísmo ha sido muy sincero al respecto. No es un nuevo país sino el proceso de construcción de ese nuevo país lo que defiende y nos ofrece. La Senplades lo llama “proceso de construcción de un Estado democrático para el buen vivir”. O sea, el verdadero Estado democrático. El plazo para construirlo es incierto pero la historia de cómo ocurrirá ya está escrita. De esa certeza proviene la confianza en sí mismos y la jactanciosa superioridad que funcionarios y militantes demuestran en sus dichos y en sus hechos. Sólo ellos saben hacia dónde va la historia. Más aún: saben cómo llegar allá y tienen las herramientas necesarias. Basta con aplicar el proyecto político trazado por su Movimiento, intérprete legítimo y vanguardia de la historia que tiene por misión encaminar a la sociedad en la ruta correcta. Y en eso estamos: no seremos una democracia pero estamos bien encaminados.

Roberto Aguilar
El problema son los que no se dejan encaminar. Los que se oponen al proyecto, que es como oponerse al curso de la historia: un esfuerzo inútil, una pérdida de tiempo que sólo consigue retrasar lo inevitable. Es el caso de las protestas que esta semana se reactivaron en el país. Lo malo con quienes participan en ellas es que, como dijo Ricardo Patiño nomás el otro día, “están equivocados totalmente en la historia”. En otras palabras: eso de protestar y manifestarse en las calles es una etapa totalmente superada. Estaba bien para los tiempos en que los hoy correístas eran unos pobres arrastrados y muertos de hambre que protestaban también. Ahora que tienen el poder se supone que las demandas de aquel entonces han sido atendidas debidamente (de hecho todos ellos ya se compraron carro y casa), así que no quedan razones para protestar. “Yo participé en las huelgas nacionales de los ochenta –recuerda Patiño– haciendo reivindicaciones que sí eran políticas pero atendían adecuadamente al momento histórico. Ahora no”.

Ayer sí, ahora no. Nosotros sí, ustedes no.

Esta pretensión de conocer el curso de la historia es –ya lo han dicho varios analistas– un convencimiento religioso. ¿Qué más podría ser? El correísmo pudo haberlo heredado de su profundo conservadurismo católico pero también de sus más ortodoxas fuentes marxistas. La creencia en el papel redentor de los justos (papel que los marxistas adjudican al proletariado y los correístas a sí mismos) es una cuestión de fe. La sociedad del buen vivir del correísmo, lo mismo que la sociedad sin clases del marxismo tal como la describe Mircea Eliade en su Historia de las creencias religiosas, recoge la esperanza escatológica judeo-cristiana del fin absoluto de la historia. Para Marx, esa nueva edad de oro de la humanidad será el resultado de la subversión del orden y de los valores burgueses operada por los desposeídos. Para el correísmo, en cambio, se trata de un proyecto ejecutado por el Estado. En esto nuestro líder ha tenido la brillante idea de seguir los pasos de Stalin, que lo hizo tan bien y tuvo tanto éxito. Más aún: el proyecto en sí consiste en la construcción del Estado: un “Estado democrático para el buen vivir” que será la expresión de la verdad (la verdadera libertad, la verdadera justicia, la verdadera democracia) y de la felicidad humana. El espíritu de la historia de este país alcanzará su realización en el Estado correísta. Si Marx resucitara para verlos diría que los correístas son hegelianos de derecha.

Bajo este esquema, ser ciudadano es un problema de fe.

Para avivar la llama de esa fe, la retórica correísta está plagada de promesas de futuro. La propaganda repite que “El Ecuador va” y los medios del gobierno construyen la épica de ese proceso entre los desvaríos apologéticos de Carol Murillo y Omar Ospina. “El Ecuador no para”, redunda la agencia Andes en el título de uno de sus programas de entrevistas. Mientras tanto, la tecnocracia se mueve en territorios semánticos regidos por conceptos pletóricos de optimismo: proyecto, construcción, avance… Todo está por hacerse y eso es bueno. “Estamos avanzando en el proceso de transformación del sistema educativo”, asegura René Ramírez. “Hemos iniciado el proceso de construcción de la soberanía alimentaria”, reseña un reciente documento oficial sobre la materia. “Estamos avanzando en hacer cumplir la ley a las empresas”, sentencia un satisfecho superintendente Pedro Páez. “Estamos avanzando en la verdadera libertad de prensa”, promete el propio Rafael Correa. “Estamos avanzando en el proceso de construcción de la innovación social”, asegura el rector de una de las nuevas universidades del Estado. Y así con todo. En todo estamos avanzando, nada está listo. El proyecto es de tal magnitud (se trata nada menos que de instaurar la verdad sobre la tierra) que nada podría estarlo. Incluso aquellas cosas que creíamos ya tener, resulta que recién se están haciendo.

¿No llevamos años escuchando sobre el cambio de la matriz energética y contemplando cómo el gobierno gasta a manos llenas en un puñado de hidroeléctricas a precio inflado? Pues resulta que, en ese tema, no sabemos ni hacia dónde vamos. No todavía. En serio. Recién en abril de este año se desarrolló “una nueva etapa”, no la última, “en el proceso de construcción de la Agenda Nacional de Energía”, un “documento de política pública que, según la información oficial, “servirá como la base fundamental para desarrollar y aplicar una estrategia energética a corto, mediano y largo plazo”. Es decir que las decisiones inmediatas sobre temas energéticos en el Ecuador están siendo tomadas sobre la base de un documento que aún no existe. Lindo, ¿no? Y mientras el Cotopaxi no cesa de echar humo y El Niño besa nuestras costas, podemos decir con orgullo que “estamos avanzando en la construcción de un Ecuador preparado en gestión de riesgos”, como anticipó la semana pasada un funcionario del ministerio respectivo. O sea: no estamos preparados para una catástrofe natural pero lo estaremos. ¿Cuándo será eso, ya que ocho años fueron insuficientes? Y, de paso, ¿cuándo tendremos al menos una agenda de energía? ¿Cuándo terminaremos de transformar el sistema educativo? ¿Cuándo alcanzaremos nuestra soberanía alimentaria? ¿Cuándo cumplirán con la ley las empresas? ¿Cuándo tendremos libertad de prensa? ¿Cuándo seremos una sociedad de innovadores? La respuesta es una sola y resulta obvia: cuando hayamos terminado de construir el Estado democrático para el buen vivir. Nomás tengan fe.

¿Y cuándo será eso? Imposible decirlo. Al cabo de ocho años de construcción a todo trapo, el avance de la obra es el que describió el propio presidente en diálogo con la prensa extranjera, apenas en junio pasado: “empezamos por fin a construir la verdadera libertad”. Empezamos por fin. Es decir: recién. Ocho años de correísmo apenas han servido para poner las bases de un proceso que se perderá en los confines de la eternidad y no conoce retorno. ¿Ven cómo la reelección indefinida resulta imprescindible? Lo único que sabemos con certeza es que el proyecto político se realizará el día en que el correísmo consiga la victoria final en la lucha entre el Estado y sus enemigos.

Considérese ahora la extensa lista de enemigos: la derecha y los medios que conspiran; los movimientos sociales, los gremios, los sindicatos, las organizaciones indígenas que no representan a nadie y tienen que ser reemplazados por otras cuya representatividad esté garantizada por el Estado; las fundaciones y oenegés que incursionan ilegalmente en la política y tendrán que desaparecer o sujetarse a los controles del Estado; los defensores de los derechos humanos y las asociaciones ecologistas que perdieron el tren de la historia; los organismos internacionales que defienden los valores de la democracia burguesa; la oligarquía y los politiqueros, los tirapiedras y los terroristas, los aniñados, los pelucones, las coloraditas, las gorditas horrorosas y otros trogloditas, la argolla de buitres y gallinazos, los bichos que le llegan a la cintura al presidente y a quienes da ganas de caerles a patadas, de cometer microbicidio con ellos, en fin, todos los rezagos del viejo país que todavía subsisten agazapados…Cuando todas esas fuerzas hayan sido finalmente exterminadas o reducidas, puestas bajo control y disciplinadas, cuando el Movimiento haya conseguido encaminarlas a todas o desaparecerlas, sólo entonces la revolución habrá triunfado, el proyecto político de la felicidad y el buen vivir se habrá impuesto y tendremos, por fin, una democracia plena, verdadera. El “Estado democrático para el buen vivir” estará finalmente construido y el ministerio de Fredy Ehlers será perfectamente comprensible.

Porque en la verdadera democracia no tienen cabida los que joden: la derecha y los medios privados, los movimientos sociales independientes y los ciudadanos críticos. Como todos ellos todavía existen, la única democracia posible es la burguesa. Pero la democracia burguesa vale tres atados. El correísmo no la quiere. Prefiere dedicarse al microbicidio para preparar el advenimiento de la otra, la verdadera. Por el momento, a falta de una democracia verdadera, una libertad verdadera y una justicia verdadera que ya vendrán, nomás tengan fe, la democracia, la libertad y la justicia a secas quedan en suspenso. Hasta el fin de la historia. Amén.

lunes, agosto 17, 2015

Niebla al mediodía

A propósito de la entrada anterior, recordé que escribí esta nota para la revista Diners de Ecuador.

Poco a poco la obra de Tomás González ha terminado por ser uno de los trabajos literarios más reconocidos en Colombia. Desde su novela inicial, Primero estaba el mar, publicada por el legendario bar El Goce Pagano de Bogotá, en una edición para los amigos, hasta Niebla al mediodía, su novela más reciente, es un conjunto de títulos que hoy se lee en varios idiomas. Una obra construida a partir de pequeñas historias, con grandes personajes, narradas con las palabras precisas.

Este libro, para decirlo en pocas palabras, se lee con pasmosa facilidad. Esto no significa que sea una trama liviana, sino más bien que es una novela narrada con mucha eficacia. Sus poco más de cien páginas dejan la impresión de que uno ha leído muchas más. Tal la intensidad del relato.

Niebla al mediodía está contada desde la perspectiva de cuatro personajes que van construyendo un lugar casi metafísico poblado por personajes que practican yoga y meditación zen; paisajes con amenazantes riscos, cascadas, una laguna sin fondo y mucha guadua. Las ciudades aparecen apenas como un eco lejano de si mismas: Bogotá, Nueva York, Cartagena. Hay también algún pueblo lejano de la zona cafetera donde un cura con ínfulas modernistas derriba la iglesia de guadua construida por Raúl, una parábola sobre la debilidad del arte frente al pragmatismo.

Lo fundamental para Tomás González, cuya vida cotidiana transcurre en un paisaje idéntico al descrito en esta novela, es el paisaje interior de sus personajes. A través de ellos va elaborando una trama de relaciones existenciales en la que queremos, como lectores, permanecer. Y esto es algo que solo los buenos escritores consiguen: espacios donde queremos estar. Aunque sea, como en este caso, el lugar de un crimen fantasmal.