miércoles, octubre 09, 2013

Lo que pasa con mis libros


Ya he mencionado, en este blog, que periódicamente visito colegios en diversas ciudades del país por encargo de la Editorial Panamericana que publica mis novelas para lector juvenil y mi libro de cuentos Cincuenta agujeros negros, títulos que circulan con alguna frecuencia entre aquellos lectores, es decir, estudiantes de quinto a grado once de educación básica.

En esas visitas observo mis libros en manos de sus lectores. En muchos casos, cuando se termina la conversación y comienza la sesión de firma de libros, encuentro toda clase de adornos en ellos. Ilustraciones con marcadores de colores, el nombre de la propietaria o propietario escrito en gran tamaño. A veces tengo desagradables sorpresas, como cuando me ofrecen para firmar un libro en evidente edición pirata.

Otras veces también aparecen los libros con pegatinas con temas que les son atractivos al estudiante. Muchas de ellos, la mayoría, son estampas más bien femeninas, con flores y unicornios y corazones o en todo caso motivos románticos. Otras veces, como estos ejemplos que incluyo en esta nota, sus autores se interesan en decorar el libro con temas más bien raros para estar en un libro de literatura, por ejemplo una estampa de Messi, o una mujer de voluptuosos pechos.

Cuando me encuentro estos casos pienso en el destino de mis libros en los colegios. Allí dejan de ser ese objeto sagrado que alguna vez fueron los libros firmados por mí. Como mi primer libro, esa masa de papel y cartón que reunía mis deseos de convertirme en escritor. Ahora son libros que viven y acompañan a sus propietarios y se integran a sus demás posesiones, sus colecciones de carros de juguete, sus guayos de fútbol, sus Barbies o sus proyectos escolares. Si además los leen, puedo sentirme más que satisfecho, entonces.

martes, octubre 01, 2013

Caín revisited

Gracias a los buenos oficios del librero Álvaro Castillo y su San Librario, cayó en mis manos un libro editado en Cuba, Buscando a Caín (De Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco, ediciones Icaic, La Habana, 2013). Una colección de testimonios de personas, escritores, críticos de cine y periodistas que frecuentaron a Guillermo Cabrera Infante en sus años de formación. Sus años habaneros. 

A través de esos recuerdos descubre uno otra versión de este legendario, para muchos y para mí, escritor cubano. Descubre al apasionado por la literatura, el cine, el cuento (él seleccionaba el cuento semanal que publicaba la revista Carteles). Quizá el retrato que surge de estas páginas no es el que sus fanáticos preferirían pero tampoco el que desearían sus malquerientes. De hecho, para los que conocemos bien su obra, sabemos que el Silvestre de Tres Tristes Tigres es bastante parecido al Cabrera Infante habanero, así este último en sus años de inmersión en el mundo literario del Boom dijera que él llevaba una vida muy diferente a la del Silvestre de la novela. Y sí, hay detalles que los diferencian. Por ejemplo, Cabrera Infante conducía un descapotable Nash Metropolitan; un autito ridículo fabricado en Detroit (aunque carrozado en Inglaterra), parodia de un auto deportivo, mientras que el Silvestre de la novela (y del cuento El gran Ecbó) se movía en un sofisticado descapotable MG de fabricación inglesa.

Pero esta solo es una anécdota que habla de cómo un escritor con algunos márgenes de arribismo se describe como se gustaría ver. Lo fundamental es más cierto. Su activismo cultural a través de la organización cultural Nuestro Tiempo fue preludio de la gran organización cultural que se creó durante el inicio de la revolución. El libro también es un retrato de viejos celos culturales y de la manera como algunos intelectuales, a falta de otros talentos, utilizaron sus simpatías políticas para crecer con la revolución. 

El libro también es un gran reconocimiento a la calidad como crítico de cine de Guillermo Cabrera Infante, Caín. Como periodista y gestor de un magazín que de una u otra forma estableció los parámetros de lo que serían las publicaciones culturales de la Cuba Socialista. Lunes de revolución (1959-1961). Este periódico, en sus 135 ediciones llegó a tener tiradas de 500.000 ejemplares. Fue una publicación revolucionaria, con la mirada abierta hacia las nuevas corrientes de pensamiento y creación literaria que se daba en el mundo. Le dio espacio al poeta comunista Pablo Neruda o al disidente existencialista Jean Paul Sartre. Dio a conocer a los Beatniks y Allen Ginsberg antes de que la homofobia hiciera estragos en el ambiente cultural cubano. Presentó a Picasso y a Jasper Johns. En su diseño le dio espacio a nuevos creadores plásticos cubanos que establecerían una pauta que después harían famosa la imagen de la revolución como una experiencia política enmarcada en buen diseño. 

Ya más en la intimidad, el libro muestra a los amigos, cómplices, seguidores y detractores de Caín girando alrededor de una personalidad conflictiva, pero fascinante. La de un escritor que descollaba de lejos en su medio. Por otro lado, también nos muestra a un grupo de gente joven inventándose el mundo, su obra literaria, como se hace siempre, a punto de prueba y error. Cometiendo equivocaciones y acertando otras veces. 

El Cabrera Infante descrito en esta sucesión de voces que surgen de los testimonios recogidos en este libro a veces se parece mucho a los tristes personajes de sus primeros cuentos. Nacido muy pobre en un hogar formado por dos militantes del Partido Socialista Popular (Comunista). Su madre era una mujer culta y entusiasta, y su padre un corrector de pruebas de imprenta, que por otro lado, fue su primer contacto en la relación de Cabrera Infante con las letras. Su perfil socioeconómico lo marcó profundamente. Incluso uno de sus contradictores dice que fue la miseria quien lo formó, lo hizo tan fuerte y decidido. Puede ser que así haya sido, pero Cabrera Infante tampoco se victimizó por ello. Más bien miró hacia su experiencia personal con humor. De hecho el título de  uno de sus libros, Cine o sardina, viene de un planteamiento que su madre les hacía para que los hermanos Cabrera escogieran: ir a cine o comprar una lata de sardinas para el almuerzo. En general los muchachos (y la madre) preferían la boleta de cine. Ese humor que le permitió a Caín graficar la pobreza del lugar donde había nacido de esta manera: él decía que en Gibara, cerca de Santiago de Cuba, los perros ladraban recostados contra la pared, de lo hambrientos que estaban. 

En síntesis, para los lectores de la obra de Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), este libro resulta de lectura indispensable. Sin embargo, por ahora, la única forma de conseguirlo en Bogotá es a través de la librería San Librario.


        

viernes, agosto 30, 2013

Entrevista en Letra Urbana de Señal Colombia

Este es el capítulo que dedicaron a mi obra en la serie para televisión Letra Urbana, realizada en la ciudad de Cali y dedicada a un grupo de escritores colombianos. Esta serie, que se emite en Señal Colombia, obtuvo Mención de Honor en los recientes premios Alfonso Bonilla Aragón.

(Si el video no aparece correctamente, aquí está el enlace: http://www.youtube.com/watch?v=eG3CI2at__E&list=UUwZjVanaSg019RVQea9V1kw

viernes, marzo 22, 2013

Homeless y bibliotecas públicas

Hacemos tiempo para visitar la biblioteca pública de San Francisco. La abren como a las diez de la mañana y hace frío. Paseamos por los edificios públicos cercanos, la ópera, la alcaldía, etc. Hay un pequeño mercado artesanal, no muy lejos. Tomamos café con una deliciosa crepe mientras llega la hora de entrar. Nos llama la atención la cantidad de habitantes de la calle (homeless en términos locales) que hay alrededor de la manzana que ocupa la biblioteca. Da la impresión de que fuera un vecindario deprimido y que esa no fuera una zona de importancia municipal sino una versión californiana de la Calle del cartucho de Bogotá. Algunos duermen sobre el césped o sobre las escaleras. Todos llevan encima más o menos todas sus propiedades. Un maletín con rueditas o un morral de espalda, un sleeping sucio. Todos huelen mal. Una mezcla de orines, licor y sudor apelmazado por muchas semanas y meses de dormir a la intemperie. Hay hombres con aspecto de  leñadores de Lousiana, negros del Bronx, hay latinos y toda clase de mezcla racial y de género. Hay mujeres y hay muchachos. La pobreza no hace distinción en el gran Imperio del Norte.

Finalmente llega la hora de la apertura de la biblioteca y vemos, un poco sorprendidos, que todos ellos estaban aguardando lo mismo que nosotros. Entrar al edificio.

Al principio entendemos. Vienen a utilizar los baños de la biblioteca. Allí se cepillan los dientes, utilizan los sanitarios, e incluso los lavamanos se convierten en duchas improvisadas. Durante la primera hora de apertura, el lobby es transitado por homeless que entran y salen sin parar.

Nosotros hacemos lo que vinimos a buscar; conocer la biblioteca. Ver sus salas de lectura, recorrer cada piso, mirar sus exhibiciones. Y a medida que subimos a sus pisos vemos que algunos habitantes de la calle también son asiduos usuarios de los servicios de la biblioteca. Obvio, en un mes invernal, el lugar provee de calor, entretenimiento e incluso alimentos baratos en la cafetería.

Esto es algo que habíamos notado, en menor escala, en la biblioteca de Los Angeles. Un edificio hermoso con ascensores decorados en bronce y detalles coquetos en muchas esquinas. Allí también veíamos los homeless sentados en las bancas de los corredores con sus equipajes y sus gestos cansados. También habíamos notado que muchos se movilizaban en sillas de ruedas eléctricas. Esto es algo sorprendente entre los vagabundos en estas ciudades, el gran número de ellos que se desplazan en sillas eléctricas que uno no sabe dónde recargan ni quien les regala. Todas iguales, todas de color vinotinto.
Biblioteca de Los Angeles (Foto Lucila Escamilla)

Claro que en este punto, nosotros ciudadanos del Tercer Mundo nos preguntábamos si en las bibliotecas bogotanas los habitantes de la calle utilizan algún espacio; lo más probable es que no. Nos dirán que nuestros habitantes son más degradados, que están peor vestidos y son drogadictos. Bueno, pues los de allá probablemente no parezcan tan degradados a primera vista, desps de todo es el país del consumo y conseguir un sleeping en la basura o una chaqueta de invierno en un estado más o menos aceptable no es difícil. Además, los programas de ayuda algo proveen. Sin embargo no hay tanta diferencia entre unos y otros, aunque sí hay una fundamental. Los de allá son personas que conocen sus derechos y los hacen respetar. Pueden estar en el último escalón de la degradación, pero se saben ciudadanos en ejercicio de sus derechos. Algo que nuestros habitantes de la calle saben que no tienen y por eso es poco probable que se les ocurra entrar a un edificio público en busca de refugio.

Tal vez por esa conciencia de saberse ciudadanos con derechos, por lo menos en algunas ciudades en Estados Unidos, en particular en San Francisco, la lectura todavía es un espacio liberador, de muchas maneras, para los que no tienen nada. 

viernes, marzo 08, 2013

Rayuela cincuentona

Este año Rayuela cumple cincuenta años de publicada. Parece mucho tiempo, pero cuando uno mira esa novela inclasificable es evidente que el tiempo no le ha hecho mella. No solo parece escrita ayer sino que al mismo tiempo tiene el valor de aquellas obras ya probadas por el paso del tiempo.

Golosa o rayuela es un juego en el que uno va ganando espacios hasta llegar al cielo o al infierno. Lo esencial es ganar los espacios numerados que le permiten ascender hacia un premio o un castigo. Esa dualidad occidental y tan cristiana. Julio Cortázar pese a sus ideas de vanguardia era una persona más bien formal en muchos aspectos relacionados con las costumbres sociales. De ahí también que en Rayuela exista esa dualidad. El cielo o el infierno. El castigo o la redención. La muerte y la culpa, el amor, la infidelidad y la culpa occidental de Horacio Oliveira que piensa en matarse o en todo caso teme ser castigado físicamente por Traveler y por eso hace toda esa suerte de trampas con cacerolas, baldes e hilos amarrados al pomo de las puertas en el capítulo final según la lectura convencional de la novela.


Rayuela, como toda gran novela, básicamente es un ritual. Una ceremonia que conduce hacia un lugar desconocido a los personajes. O cada uno va hacia resultados que de todos modos, como en gran parte de la obra de Julio Cortázar, no son claro del todo. ¿La maga se suicida o no? Oliveira se lanza al vacío en el capítulo 56 o no? Son preguntas que ni el mismo autor podía contestar con absoluta seguridad. Sobre esta última posibilidad, alguna vez dijo: “yo creo que Oliveira no salta.”

De Rayuela se ha dicho que es una obra que transformó la novela moderna, o al menos la novela moderna de América Latina. De hecho un periodista mexicano dijo que era la novela que declaraba la independencia de la literatura latinoamericana, comentario que Cortázar glosó como algo muy relacionado con el complejo de inferioridad que existía frente a Europa, complejo que es evidente él personalmente no sufría para nada. Esencialmente porque su posición en ese momento le permitía otear el paisaje literario desde el centro de Europa, desde el imperio hacia la periferia y dentro del cual se veía con total comodidad. Por eso su alegato contra la tradición anquilosada de la novela latinoamericana no solo miraba el paisaje reducido del ámbito indigenista o localista sino que incluía a todos los autores importantes de ese momento. A Rayuela también la trataron de incluír en una suerte de existencialismo trasnochado, con dejos latinoamericanistas. Pero hay que decir que esta novela estaba lejos, muy lejos de tales clasificaciones. El Existencialismo, como movimiento literario, había cumplido 25 años al momento de publicarse Rayuela, (La nausea, de Jean Paul Sartre había aparecido en 1938 y El extranjero, de Albert Camus, en 1935) y por tanto Rayuela no compartía ese discurso. Su pesimismo era más burlón.


Pero lo que sí es indiscutible es el carácter novedoso de la propuesta de esta novela. ¿Por qué razón lo es? Yo me atrevo a proponer al menos dos razones esenciales: primero, su capacidad de comentarse a sí misma. Es una novela que dialoga con la forma desde el principio hasta el fin. En segundo lugar, la habilidad que demuestra Julio Cortázar en la creación de personajes que como la Maga u Oliveira se convirtieron en íconos para varias generaciones de lectores.

Por otra parte, decir que es una novela experimental es decir poco. La experimentación formal en Rayuela tiene muchos aspectos que trascienden su forma más evidente o sea, la de las dos posibles lecturas. La del lector macho y la del lector hembra, o traducido a términos más contemporáneos el lector activo y el lector pasivo. A propósito, Cortazar varios años después dijo: “pido perdón a las mujeres del mundo por haber utilizado una expresión tan machista y tan de subdesarrollo latinoamericano, y eso deberías ponerlo con todas las letras de la entrevista. Lo hice con toda ingenuidad y no tengo ninguna disculpa, pero cuando empecé a escuchar las opiniones de mis amigas lectoras que me insultaban cordialmente, me di cuenta de que había hecho una tontería. Yo debí poner «lector pasivo» y no «lector hembra», porque la hembra no tiene por qué ser pasiva continuamente; lo es en ciertas circunstancias, pero no en otras, lo mismo que un macho.”

En realidad lo más importante en el aspecto experimental de Rayuela es que se trata de una novela en la cual su autor reflexiona de manera permanente sobre la escritura. Y lo hace fundamentalmente utilizando diversos alter ego, o diversas voces de comentaristas. Pero, antes de ahondar un poco en ellos vale la pena reflexionar sobre la naturaleza de su narrador.

La novela está narrada en tercera persona  por un narrador omnisciente, que a veces se convierte casi en una segunda persona y la manera como se percibe a los personajes, la manera como habla de los personajes, es evidentemente una voz que está referida a Oliveira, no a la Maga, no a Traveler no a Talita. Es una voz cómplice de Oliveira, puede conocer los pensamientos de Oliveira y citarlos, en cambio sobre Traveler sólo supone lo que piensa al igual que sobre Talita o la Maga.

Es la voz de un dios creador que de todos modos se pone a si mismo en tela de juicio y utiliza para ese enjuiciamiento las voces de autores ficticios como Morelli o autores reales como el humorista César Bruto que le sirven para hacer comentarios sobre el propio texto. También funcionan así los epígrafes firmados por autores conocidos que le ayudan a confeccionar el marco collage de ideas que explican y reexplican la novela. En alguna carta, Cortázar comentaba que a él le preocupaba que el lector creyera que los textos de César Bruto o del uruguayo Ceferino Piriz fueran creados por él. Con esto Cortázar quería subrayar el hecho de que el absurdo está instalado en la realidad de manera más profunda de lo que el lector promedio cree. Es decir, el hecho que exista un humorista como César Bruto hablaba bien de la gente, de que los intelectuales, según Cortázar no sólo eran los Borges o los Lugones, sino también humoristas como Bruto. Por otro lado los textos de Ceferino, tan parecidos a los que puede escribir cualquier congresista actual, resultaban patéticos y divertidos; sólo que esa redacción absurda, cuando está relacionada con el poder, resulta letal para cualquier sociedad. De ahí la ácida crítica política que hace Cortázar gracias a Ceferino Piriz.

Hay otras voces, diferentes a las de los autores llamemoslos literarios, digamos voces anónimas, sobre todo en los capítulos titulados De otros lados que consisten en caprichosos recortes de prensa o apuntes de lectura, que van construyendo esos resquicios del absurdo que tanto le llaman la atención a este dios creador tan parecido a Cortázar y a Oliveira, que narra esta novela.

El segundo aspecto en importancia o que simplemente yo destaco, es el de la creación de personajes y que está íntimamente ligado a la experimentación que acabo de citar. Cuando Cortázar reclama que la forma de la novela no le alcanza para abarcar lo que quiere contar, para explicar lo que le resulta inexplicable sobre la vida, acude a todos estos recursos y vericuetos formales en la busqueda de un mecanismo que le permita construir la vida y la personalidad de los seres que pueblan la novela, de una manera más profunda, de una manera, sobre todo, muy personal. Dice (en alguna carta en su correspondencia):

"Lo que estoy escribiendo ahora será (si lo termino alguna vez) algo así como una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica el género. Yo creo que la novela 'psicologista' ha llegado a su término, y que si hemos de seguir escribiendo cosas que valgan la pena, hay que arrancar en otra dirección".

Esa es la originalidad de Rayuela, es un libro que materializa todas las creencias literarias de Cortázar. Las refina y las multiplica, las entrecruza, las pervierte, las transforma, las lleva a límites insospechados incluso para él. He señalado repetidamente que la obra cuentística de Cortázar se interesa en los mecanismos de la vida, vistos como un engranaje absurdo o sorprendente. Sin embargo, con su cuento El perseguidor comienza a girar en busca del personaje, a profundizar en el personaje, como lo explica el mismo:

"...El perseguidor es la pequeña Rayuela. En principio están ya contenidos allí los problemas de Rayuela. El problema de un hombre que descubre de golpe, Johnny en un caso y Oliveira en el otro, que una fatalidad biológica lo ha hecho nacer y lo ha metido en un mundo que él no acepta, Johnny por sus motivos y Oliveira por motivos más intelectuales, más elaborados, más metafísicos. Pero se parecen mucho en esencia. Johnny y Oliveira son dos individuos que cuestionan, que ponen en crisis, que niegan lo que la gran mayoría acepta por una especie de fatalidad histórica y social. Entran en el juego, viven su vida, nacen, viven y mueren. Ellos dos no están de acuerdo y los dos tienen un destino trágico porque están en contra. Se oponen por motivos diferentes.”

Podría decirse mucho más sobre esta joven cincuentona, pero dejémoslo para más adelante. El año es joven y todavía hay mucho por celebrar.




jueves, febrero 28, 2013

Nombres, museos y editoriales

¿Qué tienen en común los grandes museos y las grandes editoriales? No mucho, en verdad, salvo que estas dos instituciones, la primera de estricta condición cultural y la segunda de caracter comercial y cultural, gustan de vivir al amparo de los grandes nombres.
Público ante La Gioconda. El Louvre

Pero, ¿qué es un gran nombre?

Para los museos obviamente los clásicos:  Velazquez, Rembrandt, o los modernos del siglo XX como Picasso, o Magritte, o Monet. O los vanguardistas de los años sesentas como Andy Warholl, o los farsantes contemporáneos como Damien Hirst. Para las editoriales en cambio los nombres grandes no son los clásicos, No son Dumas, ni Balzac, ni siquiera les alcanzan los nombres como Proust. Porque a diferencia de la pintura cuyo valor poco se deprecia, los derechos del autor literario expiran y por tanto un buen nombre, en términos editoriales, es aquel cuyos derechos todavía son explotables. También un gran nombre editorial es aquel de los de más alta venta, sin importar sus cualidades artísticas.

Un museo vive de las leyendas de los grandes pintores, de su nombradía y de su fama. Un museo que se precie de su colección de arte moderno tendrá muchos Picassos, algún Van Gogh, o al menos lo pedrirá prestado. En los últimos años he recorrido varios museos en los cuales rara vez encuentro propuestas particulares en sus colecciones básicas. Es decir, hay pocos como Orsay que estuvo en remodelación desde hace algunos años y ahora se fortaleció con las colecciones impresionistas del Museo de la Orangerie y el Museo del Jeu de Paume. Es una colección esencial sobre el movimiento impresionista que dificilmente otro museo del mundo puede ofrecer. Sin embargo tanto el Museo de Arte Moderno de Nueva York como el de Viena o el de los Angeles, se esmeran por contar en sus colecciones con una buen a muestra de impresionistas. Es como un sello, sin Monet o sin Van Gogh no hay público para los museos.
Jardines del Paul Getty Museum

Hay museos que en sí mismos son una belleza. Tal el caso del Paul Getty Museum. Cuyas instalaciones de por sí ya ameritan la visita. Ubicado en una colina con vista a Malibú, al norte de Los Angeles, el Getty cuenta –obviamente– con su buena colección de nombres famosos. Sin embargo parece que solo le alcanzara para eso, para ser llamado museo. Su colección no parece ofrecer una mirada particular. De todos modos, gracias a sus instalaciones y al énfasis en su colección fotográfica, el Getty es un icóno museográfico. Por lo menos cuenta con los grandes nombres que le permiten jugar con propuestas arriesgadas firmadas por curadores y artistas jóvenes. Aparte, el Getty es un museo que vive de la herencia del petrolero Paul Getty; una condición que comparten muchas de estas instituciones en el mundo. Desde el MOMA hasta Orsay, pasando por el Louvre o el Prado, los museos de arte cuentan con benefactores de toda laya, desde jeques y traficantes de armas, hasta los mismos gobiernos que amparan su actividad porque son fuente de ingresos turísticos, dan personalidad a las ciudades y son buena publicidad.

Las editorales en cambio viven de conseguir el dinero que los grandes nombres producen.Y en eso hay una enorme diferencia. O una actitud, tal vez. Las editorales adquieren los grandes nombres como una inversión de negocios, en cambio los Museos lo hacen de una manera un poco más generosa. Como un aporte cívico a la construcción de sociedad.

En el correr riesgos los Museos pueden perder dinero, a  fin de cuentas, viven de poderosos subsidios privados, como el Paul Getty.  En cambio las editorales regidas ahora por los principios del capitalismo salvaje impulsado por Rudolph Murdoch y su gran imperio mediático que terminó por absorber gran parte del aparato editorial de occidente, están obligadas a ofrecer resultados económicos con cada título que imprimen.
Orsay, Paris (Foto de Lucila Escamilla)

Por esa razón, entre los grandes Museos y las grandes editoriales hay una enorme diferencia. El riesgo que corren en sus proyectos dirigidos al público. Los Museos, gracias a los grandes nombres, arriesgan en propuestas curatoriales que pueden incluír a autores desconocidos y temas poco convencionales. Las editoriales, cada día, arriesgan menos en nuevos nombres. Y cuando arriesgan en un nuevo nombre es porque este tiene el sello de lo explotable en la frente (es una madame, un presentador de televisión, un cocinero o un asesino). En cambio, en un escritor, cuya trayectoria tenga valor artística, rara vez se van a arriesgar. Lo harán cuando ya tenga un nombre consolidado, forjado en la dificultad y editoriales pequeñas, es decir, se interesarán en él solo cuando pase a formar parte de los "grandes nombres".

viernes, febrero 22, 2013

La memoria de Jack London

Cuando pienso en el cuento, como género, pienso en Jack London. Probablemente este autor fue el primer cuentista que leí en mi vida, muy temprano, quizá a los siete años o algo así. Por supuesto que en ese momento yo no tenía idea de lo que era un cuento o una novela o la versión resumida de una novela por la revista Selecciones. Era un lector que buscaba entretención en un mundo superpoblado de hermanos (el de mi casa) y con pocas ofertas de diversión.
Escritorio de Charmian Kitteredge

Desde entonces London ha sido un autor que ha acompañado mis mejores momentos de lectura. Me he convertido en algo así como un especialista en su obra. Escribí una biografía sobre él, he traducido algunos de sus cuentos (para la colección Libro al viento y para Panamericana Editorial) y sigo leyéndolo con entuasiasmo. Tal vez por eso tuvo tanto sentido mi visita, en enero de 2013, a su casa en el condado de Sonoma, entre Napa y San Francisco, en California. Una zona de viñedos,  pueblos de aspecto agradable, pequeñas propiedades de hippies estabilizados en el sopor de la marihuana californiana (que podrá ser muy buena pero huele horrible y la fuman en todas las esquinas de San Francisco) y carreteras secundarias donde nadie tiene afán, a diferencia del resto del estado donde las autopistas devoran conductores que no parecen ir a ningun parte; que se abalanzan hacia el horizonte, como los cowboys de los westerns de John Ford.

La casa hacienda de Jack London es ahora un museo administrado por la oficina de Parques Nacionales de California. Es atendido por voluntarios que trabajan por amor al arte y casi sin paga, porque el estado de bienestar está desapareciendo en los Estados Unidos a velocidades estratosféricas y los presupuestos para los museos y parques cada vez son mas escasos.

Hoy queda muy poca de la tierra que en su momento London acumuló en su granja de inclinación colectivista (Rancho Bonito), donde había un techo para cualquiera y donde el escritor intentaba hacer un paraíso socialista. Algunas edificaciones son apenas ruinas, como ruinas son los restos de su Casa del Lobo. La casa que iba a ser la mejor casa de todo Estados Unidos, creía él y que se quemó al día siguiente de haber sido terminada, en 1914. La mayoría de las tierras pertenecen a los herederos de quien fuera su ama de llaves. Ahora, como la mayoría de esas tierras, están dedicadas al cultivo de la uva para la industria vinícola.

Recorrí aquellos bosques donde London reflexionaba mientras galopaba a caballo, Sailor on horseback como tituló Irving Stone la biografía sobre él. Visité su modesta tumba, a medio camino de su Casa del Lobo y al lado de la tumba de los niños que sirvieron de modelo para su relato sobre el Valle de la Luna.
Estudio de Jack London

Pero quizá el momento más revelador para mí, como escritor, fue observar su estudio. Un amplio lugar, iluminado por el sol estival de enero, donde se acumulan muchos de los objetos que utilizó para producir su abundante obra (56 libros escritos en menos de dieciseís años). London fue una suerte de Gadget man de su época. Había varios modelos de dictáfonos, máquinas para reproducir textos (primitivas versiones del sténcil o mimeógrafo), cámaras fotográficas, por supuesto también aparatos de música y el escritorio con la máquina de escribir donde su esposa, Charmian Kitteredge, pasaba a limpio su correspondencia diaria y las cinco cuartillas que el escritor escribió cada día, "menos es poco, más es demasiado"; esas más o menos 1500 páginas que escribió cada año y que poco corrig. Esa tarea la cumplían sus hermanas y la propia Charmian. También es notable su rincón de lectura, un camastro donde tomaba notas y las colgaba de una cuerda como ropa tendida.
Notas en el tendedero del estudio

De todos modos, esa capacidad para producir explica la abundancia de su obra y también su disparidad. London fue un autor profesional que consideraba su obra, en parte, simple "mercancía cerebral", aunque desde luego también se sentía orgulloso de ella. Eso lo llevó a emprender los más variados esfuerzos, periodismo, novelas, cuentos, piezas de teatro, e incluso alcanzó a tener alguna experiencia con el cine.

Frente a las ruinas de la Casa del Lobo (Foto de Lucila Escamilla)
Esas obras produjeron enormes réditos económicos que de una u otra forma se invirtieron en comprar más hectáreas de tierra para su Rancho Bonito, para construír una fábrica de vino, una curtiembre, criaderos de animales y otras actividades agroindustriales que buscaban beneficios para financiar una comunidad solidaria (algo como una comuna hippie a comienzos del siglo XX). Los restos abandonados de ese sueño libertario, forman hoy el Parque Museo Jack London. Una experiencia obligatoria, reveladora y recomendable para todo entusiasta de su obra.




La memoria de Jack London

Cuando pienso en el cuento, como género, pienso en Jack London. Probablemente este autor fue el primer cuentista que leí en mi vida, muy temprano, quizá a los siete años o algo así. Por supuesto que en ese momento yo no tenía idea de lo que era un cuento o una novela o una versión resumida de la revista Selecciones. Era un lector que buscaba entretención en un mundo superpoblado de hermanos (el de mi casa) y con pocas ofertas de diversión.
Escritorio de Charmian Kitteredge

Desde entonces London ha sido un autor que ha acompañado mis mejores momentos de lectura. Me he convertido en algo así como un especialista en su obra. Escribí una biografía sobre él, he traducido algunos de sus cuentos (para Libro al viento) y sigo leyéndolo con entuasiasmo. Tal vez por eso tuvo tanto sentido mi visita, el pasado mes de enero, a su casa en el condado de Sonoma, entre Napa y San Francisco, en California. Una zona de viñedos,  pueblos de aspecto agradable, pequeñas propiedades de hippies estabilizados en el sopor de la marihuana californiana (que podrá ser muy buena pero huele horrible y la fuman en todas las esquinas de San Francisco) y carreteras secundarias donde nadie tiene afán, a diferencia del resto del estado donde las autopistas devoran conductores que no parecen ir a ningun parte, solo hacia al horizonte como los cowboys de los westerns de John Ford.

La casa hacienda de Jack London es ahora un museo administrado por los Parques nacionales de California. Es atendido por voluntarios que trabajan por amor al arte y casi sin paga, porque el estado de bienestar está desapareciendo en los Estados Unidos a velocidades estratosféricas y los presupuestos para los museos y parques cada vez son mas escasos.

Hoy queda muy poca de la tierra que en su momento London acumuló en su granja de inclinación colectivista (Rancho Bonito), donde había un techo para cualquiera y donde el escritor intentaba hacer un paraíso socialista. Algunas edificaciones son apenas ruinas, como ruinas son los restos de su Casa del Lobo. La casa que iba a ser la mejor casa de todo Estados Unidos, creía él y que se quemó al día siguiente de haber sido terminada, en 1914. La mayoría de las tierras pertenecen a los herederos de quien fuera su ama de llaves. Ahora, como la mayoría de esas tierras, están dedicadas al cultivo de la uva para la industria vinícola.

Recorrí los bosques donde London reflexionaba mientras galopaba a caballo, Sailor on horseback como tituló Irving Stone la biografía que escribió sobre él. Visité su modesta tumba, a medio camino de su Casa del Lobo y al lado de la tumba de los niños que sirvieron de modelo para su relato sobre el Valle de la Luna.
Estudio de Jack London

Pero quizá el momento más revelador para mí, como escritor, fue observar su estudio. Un amplio lugar, iluminado por el sol estival de enero, donde se acumulan muchos de los objetos que utilizó para producir su abundante obra (56 libros escritos en menos de dieciseís años). London fue una suerte de Gadget man de su época. Había varios modelos de dictáfonos, máquinas para reproducir textos (primitivas versiones del sténcil o mimeógrafo), cámaras fotográficas, por supuesto también aparatos de música y el escritorio con la máquina de escribir donde su esposa, Charmian Kitteredge, pasaba a limpio su correspondencia diaria y las cinco cuartillas que el escritor escribió cada día, "menos es poco, más es demasiado"; esas más o menos 1500 páginas que escribió cada año y que poco corrig. Esa tarea la cumplían sus hermanas y la propia Charmian. También es notable su rincón de lectura, un camastro donde tomaba notas y las colgaba de una cuerda como ropa tendida.
Notas en el tendedero del estudio

De todos modos, esa capacidad para producir explica la abundancia de su obra y también su disparidad. London fue un autor profesional que consideraba su obra, en parte, simple "mercancía cerebral", aunque desde luego también se sentía orgulloso de ella. Eso lo llevó a emprender los más variados esfuerzos, periodismo, novelas, cuentos, piezas de teatro, e incluso alcanzó a tener alguna experiencia con el cine.

Frente a las ruinas de la Casa del Lobo (Foto de Lucila Escamilla)
Esas obras produjeron enormes réditos económicos que de una u otra forma se invirtieron en comprar más hectáreas de tierra para su Rancho Bonito, para construír una fábrica de vino, una curtiembre, criaderos de animales y otras actividades agroindustriales que buscaban beneficios para financiar una comunidad solidaria (algo como una comuna hippie a comienzos del siglo XX). Los restos de ese sueño libertario forman el Parque Museo Jack London. Una experiencia obligatoria, reveladora y recomendable para todo entusiasta de su obra.




domingo, febrero 10, 2013

Primo pájaro

Esta gaviota está parada en el muelle de Balboa, en el condado de Newport, una de las ciudades de playa cerca de Los Angeles. A unas trescientas millas más al norte, siguiendo la linea de la costa pacifica, en California, se encuentra Bodega Bay, el pueblito, similar a Newport, donde se filmó la película Los pájaros de Alfred Hitchcok. De alguna forma esta gaviota es, al menos, prima de aquellas estrellas de los años sesenta.
 

Mientras la miro, con su gesto de autosuficiencia ante la presencia del turista, recuerdo con intensidad aquella pelicula sobre el mal, el pecado, la culpa y no sé qué otros  sentimientos retorcidos que quizo expresar Hitchcock en Los pájaros a partir de la novela de Daphne du Maurier.

Durante 2012  Hitchcock estuvo en las noticias por dos películas que hacen una memoria de su genio cinematográfico.


La primera es una titulada escuetamente Hitchcock, que cuenta la relación del director con la que fuera su guionista fundamental, su consejera y su esposa, Alma Reville. La película se ocupa del momento de la filmación de Psicosis. Alma Reville fue responsable, en gran parte, del talento creativo que respira la obra de Hitchcock, sin embargo los retratos sugeridos que hace de ella en sus películas (ver Frenesí, por ejemplo), revela algo de la perversa personalidad de este monstruo del cine, considerando la palabra monstruo en todas sus acepciones posibles.

El otro título fue anunciado por la BBC hace poco. Se trata de una película acerca de la relación entre Tippi Hedren y Alfred Hitchcock. Ella, que fue considerada brevemente como la musa del gran director británico resultó ser algo más que su inspiración, más bien fue objeto de sus obsesiones sexuales y de un acoso que desembocó en persecuciones laborales. De hecho, Hedren que inicio su figuración cinematográfica de manera espectacular vio detenida su carrera de forma extraña. Después de terminar su contrato con Hitchcock, en 1965, solo pudo hacer tres películas de poca recordación. A partir de 1970 hizo una carrera centrada fundamentalmente en la televisión.

“No he hablado con nadie sobre este asunto con Alfred Hitchcock. Debido a que en todos estos años que han pasado, la situación planteada por el estudio ha continuado. Los estudios tienen el poder y yo estaba al final de eso, y allí no hay absolutamente nada que yo pudiera hacer en términos legales. Allí no había leyes acerca de este tipo de situaciones. Si esto sucediera en la actualidad yo sería una mujer muy rica.”

Tippi Hedren nunca ocultó su admiración por el gran director, pero si se guardó sus resentimientos por haberle negado la ocasión de trabajar en otras películas cuando estaba en su momento estelar.
Foto: Lucila Escamilla

Si el mal estaba flotando en la atmósfera de Bodega Bay, durante la filmación de Los pájaros,  de seguro no estaba encarnado en estas voladoras marinas sino más bien en esa voluminosa ave del mal que fue Alfred Hitchcock.  

Este primo pájaro, pacífico e indiferente me lo recuerda mientras lo saludo con cordialidad y respeto.



De regreso

Foto Lucila Escamilla *
A los visitantes de este Blog les puede parecer que aquí no hay mayor actividad. En realidad sí hay mucha, solo que he estado distraído, viajé durante varias semanas por California, Arizona, y Nevada. Luego tuve que ir a Ecuador y finalmente terminé mis vacaciones con una invitación al Hay Festival de Cartagena.  De todas esas millas viajadas (casi 3.500 por carretera en EEUU) surgieron muchos apuntes, muchas ideas que se fueron quedando en borradores acumulados en las entrañas del Blog. Ahora, de regreso, me propongo subir algunas, poco a poco, mientras restablezco mi vida en esta Bogotá lluviosa de comienzos de febrero.

*Atardecer sobre la Highway 5, entre Irvine y Los Angeles, a mediados de enero de 2013.